LA REPÚBLICA TECNOLÓGICA: PODER DURO, PENSAMIENTO DÉBIL Y EL FUTURO DE OCCIDENTE. Alexander C. Karp, Nicholas W. Zamiska.

Written by:

Hay libros que llegan en el momento exacto para no tener que ser buenos. La República Tecnológica es uno de ellos. Publicado en febrero de 2025 por el consejero delegado de Palantir, Alexander Karp, junto a su jefe de asuntos corporativos, Nicholas Zamiska, el libro se presenta como algo ambicioso: un tratado situado, dicen sus propios autores, en el espacio intermedio entre el ensayo político, el análisis empresarial y la reflexión académica. Llegó al número uno de la lista de bestsellers del New York Times, cosechó elogios de George Will —que lo comparó nada menos que con The Closing of the American Mind, el clásico de Allan Bloom sobre la crisis intelectual universitaria— y se convirtió casi de inmediato en el texto de cabecera de una nueva derecha tecnológica que necesitaba una justificación intelectual para su giro hacia Washington y el Pentágono. El título ya anuncia la tesis: poder duro frente a pensamiento débil, con Silicon Valley acusado de haber elegido lo segundo.

El argumento de fondo es sencillo. Silicon Valley traicionó su propia herencia: los ingenieros que en los años sesenta trabajaron en el GPS o el programa espacial lo hacían imbuidos de un propósito nacional; los de hoy, sostienen Karp y Zamiska, construyen aplicaciones de fotos y algoritmos publicitarios, atrapados en un libertarianismo autocomplaciente nacido en campus universitarios que miran con desprecio cualquier colaboración con el Estado. La receta es volver al modelo de la Guerra Fría —DARPA, el Proyecto Manhattan como referencia moral, no solo histórica— porque la próxima guerra, insisten, se librará con enjambres de drones e inteligencia artificial, y China no va a esperar a que Silicon Valley recupere las ganas de ser útil. Pero cuando los autores intentan precisar qué es exactamente eso que hay que defender —»Occidente»—, la respuesta resulta reveladora: ni la democracia liberal ni un sistema de valores compartido, sino, en última instancia, una ventaja comparativa a la hora de ejercer la violencia. Es el momento exacto en que el libro deja de ser una llamada de atención y empieza a sonar a otra cosa.

Y ahí es también donde se derrumba como pieza de escritura, no solo como argumento. Despojado de retórica, cuesta encontrar una tesis que avance realmente de capítulo en capítulo; el libro se parece más a una sucesión de charlas TED al estilo Malcolm Gladwell, donde estudios de psicología social ya muy manoseados —Milgram, la disciplina de las abejas— se reciclan una y otra vez, menos para construir un argumento que para vender la historia de una empresa. La ironía mayor es que un libro que exige explícitamente que las tecnológicas se comprometan con políticas públicas concretas no ofrece ni una sola propuesta de política: su solución final es cultural, casi devocional —que la gente piense distinto—, lo cual explica bastante bien la sensación de estar leyendo siempre lo mismo. No es que insista demasiado en una idea difícil; es que insiste, con variaciones mínimas, en una idea que nunca termina de aterrizar.

El problema de fondo, sin embargo, no es solo estilístico. Karp y Zamiska no escriben desde fuera del fenómeno que describen: son, literalmente, Palantir. Y eso hace difícil leer el libro con inocencia. Toda la infraestructura de vigilancia que la empresa ha construido para agencias de inteligencia, policía y, más recientemente, control migratorio, queda reencuadrada aquí como deber patriótico y renovación cultural, nunca como lo que también es: un negocio, y uno muy rentable. Alguien lo resumió bien al describirlo como una mezcla de anécdota corporativa, sermón y jeremiada; cabría añadir que esa mezcla nunca se resuelve, porque el libro nunca decide si quiere ser un tratado de filosofía política o la memoria anual de Palantir traducida a un lenguaje más elevado. Esa ambigüedad no reconocida por sus propios autores es lo que mina cualquier pretensión de crítica cultural desinteresada.

Las preguntas que plantea La República Tecnológica —qué debe la ingeniería a la nación que la hizo posible, cómo compite Occidente con China en inteligencia artificial, qué se pierde cuando una generación entera de talento técnico se dedica a optimizar el scroll de una aplicación— son legítimas y, de hecho, urgentes. Pero el libro no las desarrolla con el rigor ni la honestidad que exigiría la comparación con Bloom que algunos han querido hacerle. Le falta disciplina argumental, le sobra autopromoción, y le falta sobre todo la distancia crítica que hubiera hecho falta para que sus autores se aplicaran a sí mismos el escrutinio que piden para el resto de Silicon Valley. Su éxito comercial dice más sobre el momento político que atraviesa Estados Unidos que sobre la calidad del texto. Como síntoma de una época, merece atención; como lectura, el cansancio con que se cierra no es impaciencia del lector: es, probablemente, la respuesta correcta.

Tenos
Edición (01/10/2025)
Páginas 320
ISBN 9791387936020

Deja un comentario